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ESE DISCÍPULO
Juan ama a Jesús
Habían pasado varios meses. Juan y Andrés, y Jacobo el hermano de Juan, y Simón con otros pescadores, y algunos que no eran pescadores, se hicieron discípulos de Jesús y le seguían a todas partes y participaban de su clase de vida austera que transcurría muy a menudo en plena naturaleza, por los campos, o en las entradas de la tierra, en cuevas acogedoras, calientes en invierno y fresquitas en verano. En ocasiones iban y permanecían en las ciudades, como Jerusalén, o en pueblecitos, alojándose en casa de algunos amigos. Jesús, el Maestro, tenía muchos que creían en él como Mesías y en los que había despertado un gran amor hacia su persona.
También tenía muchos enemigos, y éstos eran de fuerza, porque solían ser los más influyentes. Juan observaba esto y no se lo explicaba.
Él, con su entusiasmo juvenil y su innata nobleza, pensaba que ver a Jesús, amarle y seguirle, todo debía ser lo mismo, no sabía aún lo difíciles que son los hombres para dejarse llevar hacia el bien, y con qué facilidad se dejan llevar al mal. Lo aprendería mucho más tarde. Por eso se extrañó mucho un día la oír decir a Jesús estas palabras, y más comprendiendo que eran verdad: “A mí, que he venido en nombre de mi Padre, no me recibís. Si cualquier otro viniera en su nombre, a ése le recibiríais”.
Jesús no se comporta como Juan espera
La verdad es que Juan iba de asombro en asombro. Desde aquel encuentro que tanto le conmovió, hasta hoy, siempre se hallaba perplejo ante las palabras o ante lo hechos de Jesús: cuando creía que iba a suceder una cosa, ocurría lo contrario; cuando pensaba que ahora contestaría así, decía lo opuesto.
Por ejemplo: la primera vez que penetró con el Maestro en el Templo de Jerusalén pensó que iba a abrirse el velo del Sancta Sanctorum. Jesús entraría en el solemnemente y poco menos que sería elevado a los cielos en un éxtasis, o que se aparecería el Espíritu Santo –como le contó el Bautista que había pasado al bautizarle en el Jordán-. Pues bien: no sólo no ocurrió nada de eso, sino que se organizó una escena indescriptible de indignación por parte de Jesús, y del barullo y terror de todos los mercaderes, y el “Cordero de Dios”, tomando un látigo, los arrojó a todos fuera del Templo, gritando: “La casa de mi Padre es Casa de Oración y vosotros la habéis convertido en guarida de ladrones”. ¡Asombroso!
También resulta que aquel Mesías poderoso que todos esperaban (Juan también) que los iba a conducir a la victoria sobre los romanos y a rescatar a su país, no quería saber nada de guerras, ni de mandos, ni le importaban gran cosa que su patria estuviera en manos de unos o de otros.
¡Más asombroso todavía!... Y mientras que los demás hombres se mataban por el dinero, Jesús no quería ni tocarlo, y elegía a publicanos para apóstoles suyos, y hablaba con mujeres de la peor clase. Resucitaba al hijo de una pobre viuda sin un denario, y en cambio no quería ir a ver a Herodes.
¡Y muchas cosas más, tan absurdas e incomprensibles como estas!
¿Quién es Jesús en realidad?
Juan cada día le amaba más y le comprendía menos. Ya no sabía siquiera si era el Mesías o no, pues… si no tenía poder, si no tenía ejércitos, ¿Cómo iba a liberar a su pueblo? Total que la cabeza de Juan –con lo aficionado que era él a pensar y darle vueltas a las cosas- había veces que parecía una olla de grillos y eran tan confusas sus ideas que ni siquiera podía expresar su pensamiento. Una sola cosa veía clarísima y hacía pasar a un segundo término sus dudas: que su amor a Jesús iba en aumento hasta anegar sus propias reflexiones que quedaban como unas sombras vacilantes y cada vez más tenues.
Pero llegó un día en que su confusión llegó al máximo.
Iban caminando por un cerrado bosque de la parte norte de Palestina, se habían sentado bajo los árboles cuando Jesús les preguntó:
-¿Quién dicen los hombres que es el Hijo del Hombre? –así se designaba Jesús a sí mismo.
Juan se extrañó un poco de la pregunta hecha tan a quema ropa. Pero esa extrañeza no fue nada al lado del sobresalto que sintió cuando a continuación Jesús les dijo más directamente, posando en ellos una mirada seria y un poco triste:
-¿Y vosotros, quién decís que soy yo?
¡Qué pregunta, Dios Santo!... En el corazón de Juan se alzó como una ola una duda terrible… ¿Quién era Jesús para él? El hombre más amado y más admirado, la persona mejor del mundo, el más sabio, el más bueno, el más amante, el que más respecta la libertad de los demás…; pero ninguno de estos calificativos definía quién era Cristo en persona. Se daba cuenta el muchacho de que con estos adjetivos trataba de evadirse de la verdadera pregunta y su superior alcance.
Ninguno contestaba, estaban todos hechos un mar de confusiones y de dudas, anegados en su ignorancia… y también en su falta de fe.
De pronto resonó como un trueno la voz de Pedro, firme y resuelta:
-Tú eres Cristo, el Hijo de Dios vivo.
Juan quedó aterrado y pensó que Jesús con su acostumbrada humildad lo negaría. Pero no, no sólo no lo negó sino que dijo a Pedro:
-Bienaventurado eres Simón, hijo de Juan, porque no son la carne ni la sangre los que te han revelado eso, sino mi Padre que está en los cielos.
Ahora si que estaba Juan sobrecogido de verdad, y hasta aterrado. Él amaba inmensamente a Jesús, ¡pero de ahí a creerle igual a Dios había un abismo! Y ese abismo, él, como buen israelita con un temor y un respeto infinito a Dios, no se atrevía a traspasarlo.
Los milagros de Jesús despiertan sospechas
Llevaban ya dos años largos a Jesús por los caminos de Palestina, caminando siempre en busca de los hombres de buena voluntad. Juan pensaba que la felicidad y la salvación de todos los hombres era ya cosa hecha. Había visto hacer a Jesús milagros asombrosos con la misma naturalidad con que nosotros escogemos una flor o una espiga de trigo.
Había visto crearse y multiplicarse en sus propias manos panes y peces hasta hartar a cinco mil hombres; había arrojado demonios escondidos en los hombres, y tantas cosas más, que debía estar en el colmo de la exaltación y la dicha. Y lo estaba, pero iban viendo, al principio muy débilmente, cómo iba levantando barreras en torno a Jesús el odio a sus enemigos. Los sabía poderosos y comenzaba a tener miedo. No eran todavía temores concretos, pero crecían a la par que detectaba la hostilidad en torno a Jesús en los jerarcas judíos.
Un día observaba una palabra mal intencionada, otro una mirada aviesa, otro una trampa que ponían al Maestro para hacerle caer y desacreditarle a los ojos del pueblo. Juan captaba todo aquello como chispazos visibles de que algo se tramaba bajo cuerda. Bien es verdad que Jesús salía airoso de todo ello, pero esto mismo enfurecía más a sus enemigos, y el drama se iba fraguando tras aquellos ojos y aquellas frases coléricas y aquellas risotadas de los que no podían vencerle con razones y que se veían impotentes para hacerle caer. Juan temblaba porque recordaba lo que le pasó al Bautista y se decía: ¡No se da cuenta de lo peligrosos que son! Intentó decírselo a Pedro, pero éste evadió la cuestión par ano preocuparle más. También quiso prevenir al mismo Jesús, que mirándole muy dulcemente le advirtió: “No temas, hijo, y ora cuanto puedas”.
Jesús no desiste ante sus enemigos
Y siguió actuando con audacia y desafío de todo peligro, que es lo que más inquietaba a Juan. Porque Jesús no hacía nada por congraciarse con sus enemigos, ni por huir. Los afrontaba sin inmutarse ni desviarse un palmo de su camino y de su verdad, y no se reservaba sus opiniones sino que las exponía con toda lealtad y crudeza, aunque supiera que les iba a llevar el escándalo o a responderle con violencia. Y los chispazos de aquel odio a Jesús eran cada vez más fuertes, tanto que el pueblo llegó a darse cuenta de esa guerra solapada que los jerarcas judíos, unas veces con disimulo y otras sin él, estaban llevando contra el Maestro.
Juan era valiente y no hubiera temido tampoco mucho, pero tenía miedo por Jesús, pues el amor teme siempre por el ser amado. No se atrevía a decirle nada porque sabía que Él no quería temores, ni necesitaba de sus advertencias, ni entraba en sus proyectos la menor huída. Una vez, meses atrás, porque Pedro le dijo que le eludiera el padecer que les acababa de anunciar, le contestó: “Satanás, que me eres escándalo, vete atrás”.Por eso Juan no se atrevía a decir nada, y lo único que hacía era disponerse a acompañar al Maestro hasta donde Él fuese.
Ya digo que Juan era valiente y generoso, y sabía amar de veras
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